al vértigo que supone
el temblor de un amor
que nunca hace suficiente equilibrio
entre la calma y la tormenta.
Te confundí
con el viento,
pero eras
el huracán.
Lo sé,
porque de este naufragio
no quedan ni los restos.
Siempre me gustó jugar con los límites.
Lo sabías,
pero quizás nunca entendiste
que sin vos,
el juego perdía toda la gracia.
Eras una herida abierta,
y yo me empeñaba en abrirla más para encontrarte,
aunque sólo fuera doliendo.
Y es que doler es tu forma de estar,
no sabías querer sin lastimar,
aunque el primero en resultar herido fueras vos.
Te metías adentro mío
con la desesperación desenfrenada
de quien sabe que no va a encontrar
lo que está buscando
pero no puede dejar de buscarlo.
En el revoltijo de calor y sábanas de mi cama
me desdibujabas,
me convertías en una sombra,
en una muñeca de trapo,
desarmada entre tus brazos.
Y acababas, pero sin llegar nunca.
Y acababas, dejándome partida como una rama seca.
Y acababas, apenas entibiado
porque no había fuego
que calentara la escarcha que te cubría la piel y el alma,
porque siempre llovías,
porque la ventisca de tu mente no cesaba nunca,
porque tenías el invierno más adentro que los huesos.
Buscabas el calor pero llevabas el frío prendido en los dedos,
y yo tan otoño me quedé sin hojas para desnudarme.
Y en mi afán de prenderte me apagué.
Una presencia inconstante
es peor que la ausencia.
Prefiero que no estés del todo
a que entres y salgas de mi vida
como quien entra y sale de una tienda de recuerdos:
lo tocás todo,
pero no te quedás nunca con nada.
Quizás no conozcas el valor,
o tal vez no tengas el coraje
de pagar el precio.
No lo sé.
Me pierdo en una metáfora ridícula,
porque en realidad lo que quiero decir
es que no sabés quedarte,
ni yo sé pedírtelo,
y ninguno de los dos sabemos soltarnos.
Quizás tampoco sepamos estar,
sólo tal vez en esos momentos
en que tus estrellas y las mías
se alinean en la misma galaxia.
Cuando sucede, todo explota.
La intensidad, tu cuerpo, el mío.
Pero cuando no,
sólo hay vacío,
y silencio,
y una presencia a medias,
un estar incompleto,
que sólo sabe a ausencia.
Tengo en la piel cien, mil, un millón de ojos
que cada vez que me tocás, te miran como una niña
que observa asombrada la lluvia por primera vez
y le pregunta a su madre qué clase de milagro mágico es ese,
sin sospechar que la misma lluvia que la refresca
puede devenir en tormenta que rompe los cimientos de su casa.
Te pediría que no me toques,
no me quiero ahogar con la fuerza primigenia de tu temporal.
Y uso el condicional, porque vos y yo sabemos que no lo voy a hacer,
que no voy a pedirte nada,
que prefiero cien, mil, un millón de veces
que tu lluvia me cale hasta los huesos
a morirme de sed en el desierto de tu ausencia.
Me hice adicta al vértigo que supone el temblor de un amor que nunca hace suficiente equilibrio entre la calma y la tormenta.