Lamerme las cicatrices es ahora la forma menos suicida de besarte.
Acercarme a tus labios siempre fue lo mismo que caminar descalza sobre una hoguera, pero cómo me gusta abrasarme en tu fuego.
Tengo en la piel cien, mil, un millón de ojos
que cada vez que me tocás, te miran como una niña
que observa asombrada la lluvia por primera vez
y le pregunta a su madre qué clase de milagro mágico es ese,
sin sospechar que la misma lluvia que la refresca
puede devenir en tormenta que rompe los cimientos de su casa.
Te pediría que no me toques,
no me quiero ahogar con la fuerza primigenia de tu temporal.
Y uso el condicional, porque vos y yo sabemos que no lo voy a hacer,
que no voy a pedirte nada,
que prefiero cien, mil, un millón de veces
que tu lluvia me cale hasta los huesos
a morirme de sed en el desierto de tu ausencia.
Me hice adicta al vértigo que supone el temblor de un amor que nunca hace suficiente equilibrio entre la calma y la tormenta.