martes, 14 de julio de 2015

Trazo II

La encontró sentada en el piso de su habitación, llorando y cortándose las muñecas con la hoja de un sacapuntas.
Se abalanzó sobre ella, intentando sacarle el filo de las manos; pero ella forcejeó con furia, se soltó y con un grito de rabia y dolor se hizo un corte profundo en el muslo delgado y desnudo.
-Basta-le suplicó él-. Por favor.
Ella lo miró con los ojos heridos, esa mirada rota que lo perseguía en sus pesadillas. Lanzó el filo a un costado y comenzó a llorar desesperadamente, ahogándose, y golpeándose el pecho y la cara con los puños.
Volvió a abalanzarse sobre ella, con más fuerza. La rodeó con los brazos, intentando inmovilizarla, y la presionó contra el suelo, sujetándole las manos. Lentamente, y sin dejar de mirarlo con sus ojos grandes y tristes, ella se calmó; su respiración fue aquietándose, y cerró los ojos, rendida.
Se dejó curar las heridas, apenas gimiendo ante el ardor del alcohol. Él se acostó en el piso, a su lado, abrazándola por detrás y mojándole el cabello con sus propias lágrimas.


Trazo I

Los dos estaban rotos. A los dos se los comía por dentro la angustia y la soledad. Los dos sabían que tenían poco o nada para dar, que ya se habían gastado el alma en esperanzas vanas e ilusiones despedazadas.
Por eso, hicieron un pacto. Se encontraban todos los viernes, a la misma hora, en el mismo lugar. Las más de las veces, apenas se miraban: él fumaba un cigarrillo mientras ella se sacaba la ropa, y luego se entregaban a una pasión sin ternura, con furia, con prisa. Al rato, se vestían en silencio y se despedían sin mediar ni siquiera algunas palabras cordiales.

Pero otras veces, cuando llegaban al encuentro con el corazón sangrante de hambre y frustraciones, se miraban un largo rato. Y jugaban a conquistarse, jugaban a seducirse, jugaban a importarse. Se entregaban infinitamente, hasta quedarse sin aliento, y luego se vestían, muy despacio. Y antes de que el amanecer rompiera la noche y el encanto de esas horas de placer genuino robadas a la oscuridad y a la vida se disolviera en la luz de la mañana, salían a caminar, tomados de la mano, envueltos en ese silencio cómplice de quienes saben que las palabras no disfrazan dos corazones a la deriva.




Recorte 34

Me hice adicta al vértigo que supone el temblor de un amor que nunca hace suficiente equilibrio entre la calma y la tormenta.