Tu recuerdo se hizo trizas entre mis manos,
pero cuando algo se rompe no significa que desaparezca.
Sólo se hace pedazos más pequeños que se esparcen por el suelo,
y entonces corro el riesgo de clavármelos en los pies cualquier madrugada
en la que el insomnio me mantiene dando vueltas por las habitaciones de mi casa,
buscando en las sombras algún indicio de tus besos, de tu presencia,
aunque tan sólo sea el eco de los gemidos que le arrancabas a mi cuerpo
con tus caricias.
Pero la noche pasa,
se cuela el sol por entre las rendijas de mi persiana,
y ya no quedan ni vestigios de tus manos,
ni las partículas de tu perfume,
ni las ondas vibratorias de tu voz.
Sólo quedan los pedazos,
esparcidos como un rompecabezas,
y mis pies ensangrentados
dibujando sobre el suelo
el laberinto de tu ausencia.
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