lunes, 7 de septiembre de 2015

Trazo III - Río

Estaban sentados a la vera del río, en silencio. Habían agotado todas las palabras, contándose el corazón con la libertad de la noche y las estrellas reflejadas en el agua como un espejo infinito.
Sus miradas se cruzaron un instante eterno y fugaz. Sus labios se encontraron casi instintivamente, y se devoraron con lentitud, con una mezcla de ternura y desesperación.
-¿Vamos?-le dijo él casi en un susurro.
Ella lo miró, sus ojos dos grandes signos de pregunta. Él sonreía levemente, la mirada cargada de apuro y ansiedad.
Ella sintió un nudo de soledad en el estómago, pero asintió.
Cuando se subió al auto, apoyó la cabeza en la ventanilla y fijó la mirada en las luces vertiginosas de una ciudad que apenas dormía.
-¿Qué sentís?-le llegó la voz de él, inquieta.
-Tristeza-respondió ella al rato, en un susurro.
-¿Por qué?-preguntó él con urgencia, pero no obtuvo respuesta.
-Llegamos-anunció al rato.
Bajaron del auto. Traspasaron la puerta de entrada. Parados en la oscuridad, se miraron.
Él le tendió la mano. Ella temblaba, pero la tomó y se dejó guiar a la habitación.
A oscuras y en silencio, sin desnudarse del todo, se tiraron en la cama y se abrazaron, como dos niños asustados buscando refugio.
Así los encontró la mañana.



Recorte 34

Me hice adicta al vértigo que supone el temblor de un amor que nunca hace suficiente equilibrio entre la calma y la tormenta.