sábado, 16 de enero de 2016

Trazo IV - Diario de las cosas que no te dije

Lunes 11. Hoy vi el amanecer en la ruta. El cielo parece una pintura tan bella que hasta las que están colgadas en el Louvre parecen garabatos de infantes. El verde de los árboles contra el azul brillante del cielo es alucinante. Me gustaría prestarte mis ojos y que lo vieras.


Martes 12. Subir una sierra, aunque pequeña, te ofrece una visión que te quita el aliento. Hay tanta belleza alrededor. Cualquier dolor parece menos cruel mirando esos gigantes de tierra y verde que soportaron hasta las peores inclemencias del tiempo y hoy están ahí, imponentes y hermosos.
Quiero decirte tantas cosas. Y a la vez quiero mirarte y no decirte nada. Hoy me duele.


Miércoles 13. El mar se traga cualquier palabra que uno pueda usar para describirlo. Inmenso y maravilloso. Y es sólo agua. No puedo dejar de mirarlo.
Hoy escuché Hero of war, de Rise Against. Pensé que te gustaría.
Hoy duele un poco menos. Y molesta un poco más.


Jueves 14. Hay tantas cosas hermosas para ver. Tanto que quisiera dejar los ojos en esos paisajes, y a la vez evito mirarlos demasiado porque siento que jamás podría serme suficiente contemplar tanta belleza.
Haciéndome la aventurera por el interior de un bosque en una sierra pequeña pensé cuánto me gustaría vivir ahí, tirarme todas las tardes a leer un libro al lado del arroyo.
No pienso perderme ninguna oportunidad de hacer algo nuevo: alquilar una bicicleta y andar cuesta arriba por la villa, abajo de la lluvia, a un lado la visión espectacular de las sierras recortadas contra el cielo gris. Los truenos me daban un poco de miedo, las piernas me pesaban, pero estaba contenta y orgullosa de mí misma.
Te pensé poco. Pero se hizo más difícil cuando la lluvia paró, al crepúsculo, y estaba todo quieto y silencioso. Salimos a caminar y me sentí triste. Empecé a extrañarte, no sé si por estos pocos días que no hablamos o porque no puedo evitar extrañarte ya por adelantado. O porque no sé qué va a  pasar. Y no me gusta no saber qué va a pasar.
Se me ocurrió la idea absurda de que no tengo ganas de extrañarte, porque no tengo ganas de tolerar ningún sufrimiento más. Aunque sea algo inevitable.
Hay tantos cielos increíbles que quisiera mostrarte.
Pero igual estoy enojada, quizás sólo te mostraría un cielo gris de lluvia, encapotado de frustración.


Viernes 15. Siempre que vuelvo de hacer algún viaje, ese mismo día, tengo una sensación de vacío y de tristeza. Un amigo me dijo una vez que es normal. El recuerdo de esa conversación está atado a la palabra Fernweh. La definición que más me gusta es: an ache for distant places, the craving for travel.
Cada vez creo más que soy la clase de personas que nunca disfrutan nada del todo, porque siempre algo les  duele. Pero que incluso cuando todo es dolor, son capaces de encontrar belleza y alegría.
Quisiera romper el silencio ahora mismo, pero sé que sumida en esta nostalgia pos viaje, sumida en el fernweh, no tomo las decisiones más lúcidas. No estoy lo suficientemente fuerte. Ni tengo las cosas lo suficientemente claras.





Enero 2016

lunes, 7 de septiembre de 2015

Trazo III - Río

Estaban sentados a la vera del río, en silencio. Habían agotado todas las palabras, contándose el corazón con la libertad de la noche y las estrellas reflejadas en el agua como un espejo infinito.
Sus miradas se cruzaron un instante eterno y fugaz. Sus labios se encontraron casi instintivamente, y se devoraron con lentitud, con una mezcla de ternura y desesperación.
-¿Vamos?-le dijo él casi en un susurro.
Ella lo miró, sus ojos dos grandes signos de pregunta. Él sonreía levemente, la mirada cargada de apuro y ansiedad.
Ella sintió un nudo de soledad en el estómago, pero asintió.
Cuando se subió al auto, apoyó la cabeza en la ventanilla y fijó la mirada en las luces vertiginosas de una ciudad que apenas dormía.
-¿Qué sentís?-le llegó la voz de él, inquieta.
-Tristeza-respondió ella al rato, en un susurro.
-¿Por qué?-preguntó él con urgencia, pero no obtuvo respuesta.
-Llegamos-anunció al rato.
Bajaron del auto. Traspasaron la puerta de entrada. Parados en la oscuridad, se miraron.
Él le tendió la mano. Ella temblaba, pero la tomó y se dejó guiar a la habitación.
A oscuras y en silencio, sin desnudarse del todo, se tiraron en la cama y se abrazaron, como dos niños asustados buscando refugio.
Así los encontró la mañana.



martes, 14 de julio de 2015

Trazo II

La encontró sentada en el piso de su habitación, llorando y cortándose las muñecas con la hoja de un sacapuntas.
Se abalanzó sobre ella, intentando sacarle el filo de las manos; pero ella forcejeó con furia, se soltó y con un grito de rabia y dolor se hizo un corte profundo en el muslo delgado y desnudo.
-Basta-le suplicó él-. Por favor.
Ella lo miró con los ojos heridos, esa mirada rota que lo perseguía en sus pesadillas. Lanzó el filo a un costado y comenzó a llorar desesperadamente, ahogándose, y golpeándose el pecho y la cara con los puños.
Volvió a abalanzarse sobre ella, con más fuerza. La rodeó con los brazos, intentando inmovilizarla, y la presionó contra el suelo, sujetándole las manos. Lentamente, y sin dejar de mirarlo con sus ojos grandes y tristes, ella se calmó; su respiración fue aquietándose, y cerró los ojos, rendida.
Se dejó curar las heridas, apenas gimiendo ante el ardor del alcohol. Él se acostó en el piso, a su lado, abrazándola por detrás y mojándole el cabello con sus propias lágrimas.


Trazo I

Los dos estaban rotos. A los dos se los comía por dentro la angustia y la soledad. Los dos sabían que tenían poco o nada para dar, que ya se habían gastado el alma en esperanzas vanas e ilusiones despedazadas.
Por eso, hicieron un pacto. Se encontraban todos los viernes, a la misma hora, en el mismo lugar. Las más de las veces, apenas se miraban: él fumaba un cigarrillo mientras ella se sacaba la ropa, y luego se entregaban a una pasión sin ternura, con furia, con prisa. Al rato, se vestían en silencio y se despedían sin mediar ni siquiera algunas palabras cordiales.

Pero otras veces, cuando llegaban al encuentro con el corazón sangrante de hambre y frustraciones, se miraban un largo rato. Y jugaban a conquistarse, jugaban a seducirse, jugaban a importarse. Se entregaban infinitamente, hasta quedarse sin aliento, y luego se vestían, muy despacio. Y antes de que el amanecer rompiera la noche y el encanto de esas horas de placer genuino robadas a la oscuridad y a la vida se disolviera en la luz de la mañana, salían a caminar, tomados de la mano, envueltos en ese silencio cómplice de quienes saben que las palabras no disfrazan dos corazones a la deriva.




Recorte 34

Me hice adicta al vértigo que supone el temblor de un amor que nunca hace suficiente equilibrio entre la calma y la tormenta.