martes, 14 de julio de 2015

Trazo I

Los dos estaban rotos. A los dos se los comía por dentro la angustia y la soledad. Los dos sabían que tenían poco o nada para dar, que ya se habían gastado el alma en esperanzas vanas e ilusiones despedazadas.
Por eso, hicieron un pacto. Se encontraban todos los viernes, a la misma hora, en el mismo lugar. Las más de las veces, apenas se miraban: él fumaba un cigarrillo mientras ella se sacaba la ropa, y luego se entregaban a una pasión sin ternura, con furia, con prisa. Al rato, se vestían en silencio y se despedían sin mediar ni siquiera algunas palabras cordiales.

Pero otras veces, cuando llegaban al encuentro con el corazón sangrante de hambre y frustraciones, se miraban un largo rato. Y jugaban a conquistarse, jugaban a seducirse, jugaban a importarse. Se entregaban infinitamente, hasta quedarse sin aliento, y luego se vestían, muy despacio. Y antes de que el amanecer rompiera la noche y el encanto de esas horas de placer genuino robadas a la oscuridad y a la vida se disolviera en la luz de la mañana, salían a caminar, tomados de la mano, envueltos en ese silencio cómplice de quienes saben que las palabras no disfrazan dos corazones a la deriva.




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Recorte 34

Me hice adicta al vértigo que supone el temblor de un amor que nunca hace suficiente equilibrio entre la calma y la tormenta.