Los dos estaban rotos. A
los dos se los comía por dentro la angustia y la soledad. Los dos sabían que
tenían poco o nada para dar, que ya se habían gastado el alma en esperanzas
vanas e ilusiones despedazadas.
Por eso, hicieron un
pacto. Se encontraban todos los viernes, a la misma hora, en el mismo lugar.
Las más de las veces, apenas se miraban: él fumaba un cigarrillo mientras ella
se sacaba la ropa, y luego se entregaban a una pasión sin ternura, con furia,
con prisa. Al rato, se vestían en silencio y se despedían sin mediar ni
siquiera algunas palabras cordiales.
Pero otras veces, cuando
llegaban al encuentro con el corazón sangrante de hambre y frustraciones, se
miraban un largo rato. Y jugaban a conquistarse, jugaban a seducirse, jugaban a
importarse. Se entregaban infinitamente, hasta quedarse sin aliento, y luego se
vestían, muy despacio. Y antes de que el amanecer rompiera la noche y el
encanto de esas horas de placer genuino robadas a la oscuridad y a la vida se
disolviera en la luz de la mañana, salían a caminar, tomados de la mano,
envueltos en ese silencio cómplice de quienes saben que las palabras no
disfrazan dos corazones a la deriva.
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