martes, 14 de julio de 2015

Trazo II

La encontró sentada en el piso de su habitación, llorando y cortándose las muñecas con la hoja de un sacapuntas.
Se abalanzó sobre ella, intentando sacarle el filo de las manos; pero ella forcejeó con furia, se soltó y con un grito de rabia y dolor se hizo un corte profundo en el muslo delgado y desnudo.
-Basta-le suplicó él-. Por favor.
Ella lo miró con los ojos heridos, esa mirada rota que lo perseguía en sus pesadillas. Lanzó el filo a un costado y comenzó a llorar desesperadamente, ahogándose, y golpeándose el pecho y la cara con los puños.
Volvió a abalanzarse sobre ella, con más fuerza. La rodeó con los brazos, intentando inmovilizarla, y la presionó contra el suelo, sujetándole las manos. Lentamente, y sin dejar de mirarlo con sus ojos grandes y tristes, ella se calmó; su respiración fue aquietándose, y cerró los ojos, rendida.
Se dejó curar las heridas, apenas gimiendo ante el ardor del alcohol. Él se acostó en el piso, a su lado, abrazándola por detrás y mojándole el cabello con sus propias lágrimas.


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Recorte 34

Me hice adicta al vértigo que supone el temblor de un amor que nunca hace suficiente equilibrio entre la calma y la tormenta.