La
encontró sentada en el piso de su habitación, llorando y cortándose las muñecas
con la hoja de un sacapuntas.
Se abalanzó sobre ella, intentando sacarle el
filo de las manos; pero ella forcejeó con furia, se soltó y con un grito de
rabia y dolor se hizo un corte profundo en el muslo delgado y desnudo.
-Basta-le suplicó él-. Por favor.
Ella lo miró con los ojos heridos, esa mirada
rota que lo perseguía en sus pesadillas. Lanzó el filo a un costado y comenzó a
llorar desesperadamente, ahogándose, y golpeándose el pecho y la cara con los
puños.
Volvió a abalanzarse sobre ella, con más fuerza.
La rodeó con los brazos, intentando inmovilizarla, y la presionó contra el
suelo, sujetándole las manos. Lentamente, y sin dejar de mirarlo con sus ojos
grandes y tristes, ella se calmó; su respiración fue aquietándose, y cerró los
ojos, rendida.
Se dejó curar las heridas, apenas gimiendo ante
el ardor del alcohol. Él se acostó en el piso, a su lado, abrazándola por
detrás y mojándole el cabello con sus propias lágrimas.
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