Lamerme las cicatrices es ahora la forma menos suicida de besarte.
Acercarme a tus labios siempre fue lo mismo que caminar descalza sobre una hoguera, pero cómo me gusta abrasarme en tu fuego.
Tengo en la piel cien, mil, un millón de ojos
que cada vez que me tocás, te miran como una niña
que observa asombrada la lluvia por primera vez
y le pregunta a su madre qué clase de milagro mágico es ese,
sin sospechar que la misma lluvia que la refresca
puede devenir en tormenta que rompe los cimientos de su casa.
Te pediría que no me toques,
no me quiero ahogar con la fuerza primigenia de tu temporal.
Y uso el condicional, porque vos y yo sabemos que no lo voy a hacer,
que no voy a pedirte nada,
que prefiero cien, mil, un millón de veces
que tu lluvia me cale hasta los huesos
a morirme de sed en el desierto de tu ausencia.
Volvés a mi lado porque en mí encontrás todo lo que tus amores de turno no te pueden dar: la piel trémula y los labios sinceros.
Y es que yo nunca te mentí, no busqué complacerte ni decirte lo que querías escuchar. Hoy creo que era eso lo que te alejaba y te atraía a mí como los polos magnéticos de un imán: la sinceridad descarnada con la que me mostraba ante vos, con la que te hablaba y te contaba lo que sentía y lo que pensaba.
Nunca aprendí a medir ni la intensidad de mi entrega ni lo que daba: siempre juego todas mis cartas, a riesgo de quedarme con las manos vacías.
Entonces no me mires como si tuviese un océano entero en la mirada si después vas a buscar otros mares para sumergirte, con la misma facilidad con la que a mí me cortás la respiración cada vez que me tocás.
No me vendas espejitos de colores, porque yo los hilvano todos con mi ilusión y me hago collares, y después me aprietan la garganta y no me los puedo quitar.
No necesito que me endulces el té con las palabras bonitas que no sentís, prefiero tomarlo amargo si lo que estoy saboreando es la verdad.
Mis brazos son pequeños y frágiles, quizá me veas menuda, pero este cuerpo ha aguantado más tormentas y aludes de los que puedas imaginarte. No hay nada que puedas decirme que me parta al medio sin remedio, las máscaras me quedan demasiado chicas y hoy prefiero una verdad amarga a una mentira edulcorada (aunque las intenciones sean buenas).
Es más fácil decirme que no me querés isla para quedarte, sino playa para encallar en el verano. Así tal vez deje de esperarte en mis inviernos.
Me hice adicta al vértigo que supone el temblor de un amor que nunca hace suficiente equilibrio entre la calma y la tormenta.