Sos el libro que leí de niña, que hace un hueco en mi biblioteca (por más pretencioso que suene), que no viene con segundas ediciones y que no se consigue ni aunque camine de noche los pasillos de Parque Rivadavia.
Me hice adicta al vértigo que supone el temblor de un amor que nunca hace suficiente equilibrio entre la calma y la tormenta.
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